Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Estuvo mascullando algo entre dientes y gruñendo un rato. Luego dijo:
—¡Qué perfumado petimetre estás hecho!, ¿eh? Cama, sábanas y un espejo, y una estera en el suelo… ¡y tu padre que se acueste con los cerdos en la tenerÃa! En mi vida he visto un hijo igual. Apuesto a que te quito yo unos cuantos humos antes de acabar contigo. Pero ¡si tus pretensiones no tienen fin…! Dicen que tienes dinero. ¿Es…? ¿Qué dices a eso?
—Mienten… eso digo.
—Escucha, cuidadito con el modo de hablar. Estoy aguantando todo lo que puedo aguantar ya, conque no me vengas con desplantes. Llevo dos dÃas en la población y solamente he oÃdo hablar de que eres rico. También oà hablar de eso rÃo abajo. Por eso he venido. Mañana me traes ese dinero. Lo quiero.
—No tengo dinero.
—Mientes. Lo tiene el juez Thatcher. Ve a buscarlo. Lo quiero.
—Te digo que no tengo dinero. Pregúntaselo al juez Thatcher. Él te dirá lo mismo.
—Bueno. Se lo preguntaré. Y haré que desembuche o dejo de ser quien soy. Oye… ¿cuánto tienes en el bolsillo? Lo quiero.
—Solo tengo un dólar y lo necesito para…
—Me importa un bledo para qué lo necesitas… ¡Afloja!