Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Y entonces el rey se coló en el cobertizo y le dio un tiento a la botella para consolarse. Y, antes de mucho, el duque le metió mano a su frasco. De modo que, al cabo de media hora, volvían a ser los más amigos del mundo y, cada vez que estaban más borrachos, se volvían más cariñosos, y se echaron a roncar el uno en los brazos del otro.
Los dos se pusieron la mar de melosos y borrachos como no se puede decir, pero observé que el rey nunca se emborrachó lo bastante para olvidarse de recordar que no debía volver a negar haber escondido la bolsa de oro. Eso me tranquilizó y satisfizo. Cuando se echaron a roncar, claro está, Jim y yo sostuvimos una larga conversación y se lo conté todo.