Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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XXXI

UNO NO PUEDE REZAR UNA MENTIRA

Durante días y más días no nos atrevimos a detenernos en una población. Seguimos navegando río abajo. Ahora estábamos en pleno Sur, el tiempo era cálido y estábamos muy lejos de casa. Empezaron a aparecer árboles cubiertos de musgo de Florida, que colgaba de las ramas como unas barbas grises. Era la primera vez que lo veía crecer y daba a los bosques un aspecto solemne y lúgubre. Y ahora los embaucadores se creyeron fuera de peligro y otra vez se pusieron a trabajar los pueblos.

Empezaron con una conferencia sobre la templanza, pero no sacaron lo bastante para emborracharse los dos. Después, en otro pueblo, inauguraron una academia de baile, pero sabían tanto de baile como un canguro; de modo que, a la primera danza, el público se les echó encima y los sacó bailando de la población.

Otra vez probaron suerte con la declamación, pero no llevaban mucho rato declamando cuando la gente se levantó, les colmó de denuestos y les obligó a salir corriendo del pueblo. Probaron de «misionear», y mesmerizar, y hacer de médicos, y a decir la buenaventura, y un poco de todo; pero parecía que tenían la suerte de espaldas.

De modo que, por fin, se quedaron poco menos que arruinados y permanecieron tumbados en la almadía, mientras esta navegaba, pensando y pensando, sin decir una palabra, la mar de desanimados y desesperados.


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