Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Por último, cambiaron de táctica. Empezaron a reunirse en el cobertizo, y a charlar confidencialmente dos o tres horas seguidas. Jim y yo nos intranquilizamos. No nos gustaba nada el cariz que tomaban las cosas. Pensábamos que estaban ideando alguna diablura peor que todas las anteriores.
Nos calentamos los cascos y, por fin, decidimos que se tratarÃa de asaltar alguna casa o tienda, o que se iban a dedicar a la fabricación de moneda falsa o algo asÃ. Entonces nos asustamos bastante y acordamos que nosotros no tendrÃamos nada que ver con tales actos y que, a la primera ocasión que se nos presentase, nos los sacudirÃamos de encima y nos largarÃamos, dejándolos atrás.