Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, pues una mañana temprano escondimos la balsa en sitio seguro cosa de dos millas más abajo de un pueblo de mala muerte llamado Pikesville, y el rey desembarcó y nos dijo a todos que nos quedáramos escondidos mientras él se acercaba a echar un vistazo al pueblo y ver de enterarse si por allí aún había alguien que supiera algo del Real Nohaytal. («Lo que tú vas a ver es si hay alguna cosa para robar —me dije para mis adentros—, y cuando la hayas saqueado, volverás aquí y te preguntarás qué ha sido de mí, y de Jim y de la balsa… y tendrás que consolarte haciéndote preguntas»). Y dijo que, si no estaba de vuelta al mediodía, el duque y yo sabríamos que no había moros en la costa y que desembarcáramos y fuéramos a la población.
De modo que nos quedamos donde estábamos. El duque se puso a pasear de un lado a otro de la balsa, sudando y consumiéndose de impaciencia. Nos regañaba por todo y parecía que no había manera de que hiciéramos nada bien para él. Le sacaba defectos a la cosa más pequeña. Sin duda, se estaba tramando algo. Me alegré mucho cuando llegó el mediodía sin que se hubiera presentado el rey.