Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Por lo menos, cambiaríamos de ambiente, y tal vez se nos presentara una ocasión de hacer definitivo el cambio, por añadidura. Así el duque y yo nos fuimos al pueblo y empezamos a buscar al rey. Y acabamos por encontrarle en la trastienda de una tabernucha, muy borracho. Una serie de vagos se distraían gastándole bromas y él juraba y amenazaba con toda su alma, pero estaba tan bebido que no podía andar y no les podía hacer nada.
El duque empezó a insultarle por estúpido y el rey se puso a contestarle. En cuanto vi que se enzarzaban de lleno, sacudí las piernas y salí corriendo por el camino del río, como un gamo, porque comprendí que se nos había presentado la ocasión que habíamos estado esperando tanto. Decidí que pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a vernos a mí y a Jim. Llegué allá sin aliento, pero lleno de alegría y grité:
—¡Suelta las amarras, Jim! ¡Ahora estamos bien!