Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pero no hubo respuesta y nadie salió del cobertizo. ¡Jim habÃa desaparecido! Di un grito, y después otro. Y corrà de un lado para otro del bosque, dando alaridos y aullando, pero fue inútil: Jim habÃa desaparecido. Entonces me senté y me eché a llorar. No pude remediarlo. Sin embargo, no pude estarme quieto mucho rato. No tardé en echarme a andar por la carretera, intentando pensar qué era lo mejor que podÃa hacer, y me encontré con un muchacho y le pregunté si habÃa visto a un negro extraño, vestido de tal y tal manera. Él dijo:
—SÃ.
—¿Dónde?
—En casa de Silas Phelps, dos millas más abajo de aquÃ. Es un negro fugitivo y le han pescado. ¿Le estabas buscando?
—¡Quiá! Me tropecé con él en el bosque hace una hora o dos, y me dijo que si gritaba me arrancarÃa el hÃgado… Y me dijo que me echara y no me moviese de donde estaba, y yo lo hice. He estado allà desde entonces. TenÃa miedo de salir.
—Bueno, pues ya no tienes por qué tener miedo, porque le han cogido. Se escapó del Sur, de no sé dónde.
—Menos mal que le han cogido.
—Ya lo creo. Dan doscientos dólares de recompensa por él. Es como recoger dinero del suelo.