Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Sí que lo es… y yo me lo hubiera podido ganar si hubiese sido lo bastante grande. Yo le vi primero. ¿Quién le cogió?

—Fue un viejo… un forastero… y vendió sus derechos por cuarenta dólares, porque tiene que marchar río arriba y no puede esperar. ¡Imagínate! Te aseguro que yo hubiese esperado, aunque fueran siete años.

—Igual que yo —dije—. Pero quizá sus derechos no valgan más cuando los ha cedido tan baratos. A lo mejor no es eso lo que parece.

—Sí que lo es… Es pura verdad. He visto el anuncio con mis propios ojos. Habla de él; es él, clavado. Le pinta como un cuadro y dice la plantación de la que se ha escapado, más abajo de Nueva Orleans. No, amigo, ese negocio no tiene quiebras, ya puedes apostar lo que quieras. Oye, dame un cacho de tabaco, ¿quieres?

Yo no tenía tabaco, de modo que se fue. Me volví a la balsa y me senté en el cobertizo a pensar. Pero no llegué a ninguna parte. Pensé hasta tener dolor de cabeza, pero no vi manera de salir del atolladero. Después de un viaje tan largo, después de todo lo que habíamos hecho por aquellos canallas, todo quedaba reducido a la nada, todo se había hecho polvo, todo se había echado a perder porque habían tenido el coraje de hacerle a Jim una jugarreta semejante y convertirle otra vez en esclavo para toda su vida, y entre extraños, además, por cuarenta cochinos dólares.


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