Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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La plantación de Phelps era una de esas pequeñas plantaciones de algodón que tienen todas el mismo aspecto. Una valla de raíles que rodea un patio de menos de una hectárea; una serie de rollizos aserrados y puestos en pie, en escalones, como barriles de diferente tamaño, para poder escalar la valla y para que las mujeres puedan empinarse para poder saltar a lomos del caballo; unos cuantos pegotes de hierba enfermiza en el gran patio, que, en general, estaba desnudo y liso como un sombrero viejo al que se le ha desgastado la pelusa; una casa doble, grande, de rollizos para los blancos; rollizos hendidos, con las rendijas taponadas con barro o argamasa y los pegotes de barro con muestras de haber sido encaladas de vez en cuando. Cocina de rollizos redondos, con un gran pasillo ancho, abierto pero con techo, que la ponía en comunicación con la casa; ahumadero de rollizos detrás de la cocina; tres cabañitas de rollizos para los negros, en una hilera, al otro lado del ahumadero; una chocita, completamente aislada, allá contra la valla de atrás, y algunas dependencias a cierta distancia al otro lado; tolva para cenizas y un gran brasero para hacer jabón, junto a la choza pequeña.





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