Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Junto a la puerta de la cocina, un banco con un cubo de agua y una calabaza vinatera; allí, un perro dormido al sol; más perros dormidos por todas partes; unos cuantos árboles de mucha copa allá en un rincón; unos groselleros y arbustos de uva crespa en un sitio junto a la valla; fuera de la valla, un jardín y un melonar; después vienen los algodonales; y después de los campos, el bosque.
Di la vuelta y subí por los rollizos junto a la tolva, y tiré hacia la cocina. Casi enseguida oí el zumbido de un torno de hilar, como un gemido que iba creciendo para después volver a disminuir. Y entonces supe con toda seguridad que hubiera querido estar muerto, porque ese sí que es el sonido más triste del mundo y que da más fuerte la sensación de soledad.
Seguí adelante, sin tener ningún plan, confiado en que la providencia pondría en mi boca las palabras que fueran del caso cuando llegara el momento, porque había observado que la providencia siempre me inspiraba las palabras adecuadas si la dejaba obrar por su cuenta.