Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Cuando ya estaba a mitad del camino, se levantó un perro primero, y después otro, y arremetieron contra mí, y, claro está, yo me paré en seco, me volví de cara a ellos y me estuve quieto. ¡Y la bulla que armaron! Aún no hacía un cuarto de minuto que ya parecía yo el cubo de una rueda, como quien dice, con los radios hechos de perros, un círculo de quince de ellos, a mi alrededor, con el cuello alargado y el hocico dirigido hacia mí, ladrando y aullando. Y aún venían más. Se les veía saltar la valla por todas partes y aparecer por todos lados.
De la cocina salió corriendo una negra con un rodillo de pastelero en la mano, gritando:
—¡Fuera! ¡Tú, Rige! ¡Tú, Spot! ¡Fuera de aquí!
Y le largó un golpe de rodillo a uno, y después a otro, haciéndolos huir aullando lastimeramente, y los demás les siguieron. Y un segundo después la mitad de ellos volvían meneando la cola y haciéndose amigos míos. Un perro no tiene nada de malo.