Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Y detrás de la mujer vino una negrita, y después dos negritos, sin más que una camisa de estopa, y se colgaron del vestido de su madre, y me miraban por detrás de ella, con timidez, como hacen siempre. Y de pronto apareció la mujer blanca de la casa, corriendo, con la rueca en la mano. Tendría cuarenta y cinco o cincuenta años de edad y llevaba la cabeza descubierta. Y detrás de ella salieron unos niños blancos, haciendo exactamente lo mismo que los negritos. La mujer me miró, muy sonriente, y dijo:

—¡Al fin eres tú!… ¿Verdad?

Dije: «Sí, señora» antes de saber lo que me decía.

Me cogió y me abrazó con fuerza, y después me cogió las dos manos y me las estrechó y se le saltaron las lágrimas, y le resbalaron por las mejillas, y parecía que no iba a cansarse nunca de estrecharme la mano y abrazarme, y no hacía más que decir:

—No te pareces tanto a tu madre como yo esperaba; pero ¡qué cielos! Poco importa eso con lo que me alegro de verte. ¡Vaya, vaya! ¡Sería capaz de comerte a besos! ¡Niños! ¡Es Tom, vuestro primo! ¡Preguntadle cómo está!

Pero los niños agacharon la cabeza y, metiéndose los dedos en la boca, se escondieron detrás de ella. De modo que mi tía continuó diciendo:


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