Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Elizabeth, date prisa y prepárale un desayuno caliente enseguida… ¿Has desayunado en el barco?

Le dije que había desayunado en el barco. De modo que entonces se puso a andar hacia la casa, llevándome de la mano, y seguida de los críos. Cuando llegamos allí, me hizo sentar en una silla y ella se dejó caer en un pequeño taburete delante de mí, tomándome las dos manos y diciendo:

—Ahora puedo darte una buena mirada. Bien sabe Dios que he sentido ganas de verte muchas veces durante estos largos años, y por fin se ha cumplido mi deseo. Te esperábamos hace un par de días o más. ¿Cómo te has retrasado?… ¿Encalló el barco?

—Sí señora; se…

—No digas sí, señora… Di tía Sally. ¿Dónde encalló?

Pues no sabía qué decir precisamente, porque ignoraba si el barco tenía que ir río arriba o río abajo. Pero yo me dejo guiar mucho por el instinto, y mi instinto me decía que el barco aquel había de subir por el río, de allá, de Orleans. Sin embargo, eso no me servía de gran cosa, porque no conocía los nombres de las barras de por allí. Comprendí que no tendría más remedio que inventar una u olvidar el nombre de la barra en que habíamos encallado, o… Se me ocurrió una idea y la pesqué al vuelo.


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