Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—No fue el encallar: eso solo nos retrasó un poco. Es que se reventó un cilindro.

—¡Dios Santo! ¿Se hizo daño alguien?

—No, señora. Solo mató a un negro.

—Pues tuvisteis suerte, porque a veces sale alguien herido. La Nochebuena pasada hizo dos años que tu tío Silas subía de Nueva Orleans en el Lally Rook y se reventó un cilindro y dejó a un hombre lisiado. Y me parece que murió. Era bautista. Tu tío Silas conocía a una familia de Baton Rouge que conocía muy bien a la familia de la víctima. Sí, ahora recuerdo que sí murió. Tuvo gangrena y le amputaron, pero eso no le salvó. Sí, fue una gangrena… eso es. Se puso azul de pies a cabeza, y murió con la esperanza de una resurrección gloriosa. Dicen que daba miedo verle. Tu tío ha ido al pueblo a buscarte todos los días. Y hoy ha vuelto a ir, no hace más de una hora. Ahora estará a punto de llegar. Tienes que haberte cruzado con él en el camino, ¿no?… Un hombre más bien viejo, con un…

—No, no me crucé con nadie, tía Sally. El barco atracó a punta de día y dejé mi equipaje en el bote del muelle y me fui a dar una vuelta por el pueblo, y hasta un poco por el campo para ganar tiempo y no llegar aquí demasiado temprano. De modo que he venido por la parte de atrás.

—¿A quién le diste tu equipaje?

—A nadie.


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