Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Bueno, comprendí que estaba metido en un atolladero, y metido hasta las orejas. Hasta ahí, la providencia me había ido de primera, pero ahora sí que había encallado. Me daba cuenta de que era del todo inútil intentar seguir adelante; tenía que darme por vencido. De modo que me dije: esta es otra ocasión en que debo arriesgarme a decir la verdad. Abrí la boca para empezar, pero ella me cogió y me metió detrás de la cama, y dijo:

—¡Ahí viene! Esconde más la cabeza… Así. Ahora ya no se te ve. Que no vea que estás aquí. Voy a gastarle una broma. Niños, cuidado con decir una palabra.

Vi que estaba en un mal paso. Pero era inútil preocuparse, no podía hacer más que estar quieto y procurar estar preparado para quitarme de en medio en cuanto descargase el rayo.

Solo vi al anciano un momento cuando entró, después le ocultó la cama. La señora Phelps corrió hacia él, y le dijo:

—¿Ha venido?

—No —contestó el marido.

—¡Cielo santo! ¿Qué puede haberle ocurrido?

—No tengo la menor idea y confieso que empiezo a sentirme muy preocupado.


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