Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Yo sé lo que vas a decir. Dirás que es una bajeza, pero ¿qué importa que lo sea? Yo soy bajo. Y voy a robarle, y te pido que te calles y no me descubras. ¿Lo harás?
Brillaron sus ojos y dijo:
—¡Yo te ayudaré a robarlo!
Bueno, pues entonces lo dejé caer todo, como si me hubieran pegado un tiro. Aquellas eran las palabras más asombrosas que habÃa oÃdo en mi vida, y me veo obligado a reconocer que Tom Sawyer perdió mucho ante mis ojos. Solo que no podÃa creerlo. ¡Tom Sawyer ladrón de negros!
—¡Bah! —dije—. ¡Tú bromeas!
—No bromeo.
—Bueno, pues bromees o no, si oyes decir algo de un negro fugitivo, no te olvides de que tú no sabes una palabra de él y que yo tampoco sé nada.
Después cogimos el baúl y lo cargamos en mi carreta y él se marchó por su camino y yo por el mÃo. Pero, claro está, me olvidé de ir despacio, de tan contento que estaba y de tanto que iba pensando. De modo que llegué a casa demasiado pronto, con mucho, teniendo en cuenta lo largo del recorrido. El anciano estaba a la puerta y dijo: