Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Caramba! ¡Esto es maravilloso! ¿Quién hubiera creÃdo capaz a esta yegua de eso? Lástima que no anotáramos la hora de salida. Y no trae sudado ni un pelo… ¡Ni un pelo! ¡Hay que pasmarse! No aceptarÃa cien dólares por ella ahora, no serÃa honrado. Y sin embargo, antes la hubiese vendido por quince, convencido de que no valÃa más.
Fue lo único que dijo. Era el hombre más inocente y bonachón que he visto en mi vida. Pero no era extraño. Porque no era solo un estanciero, sino que también era predicador, y tenÃa una iglesia pequeña, de troncos, detrás de la plantación, que habÃa hecho construir él, de su bolsillo, para iglesia y escuela, y nunca cobraba nada por sus sermones y bien que valÃa la pena oÃrlos, además. En el Sur habÃa muchos otros estancieros-predicadores asÃ, que hacÃan lo mismo.
A poco más de media hora llegó la carreta de Tom y se detuvo junto a la valla y tÃa Sally la vio por la ventana, porque solo estaba a unas cincuenta yardas, y dijo:
—¡Caramba! ¡Alguien viene! ¿Quién será? ¡Si me parece que es forastero! Jimmy —esto, a uno de los niños—, corre a decirle a Elizabeth que ponga otro plato en la mesa.