Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Todos corrieron hacia la puerta delantera, porque, claro, un forastero no llega todos los años, de modo que le gana en interés a la fiebre amarilla cuando llega. Tom ya habÃa saltado la valla y se dirigÃa a la casa: la carreta se retiraba por la carretera hacia el pueblo y nosotros estábamos todos apiñados a la puerta.
Tom llevaba puesto su traje de tienda y tenÃa público, lo que siempre era media vida para Tom Sawyer. En esas circunstancias no le costaba ningún trabajo darse la cantidad de tono apropiada. No era muchacho para cruzar aquel patio de manera sumisa, como un cordero, no, señor. Lo cruzó con calma e importancia, como un morueco. Cuando llegó ante nosotros se quitó el sombrero, con gentileza y cuidado, como si fuera la tapa de una caja que contuviera mariposas dormidas y no quisiera turbar su sueño, y dijo:
—El señor Archibald Nichols, si no me equivoco.
—No, muchacho —dijo el anciano—. Siento decirte que te ha engañado el conductor. La casa de Nichols está unas tres millas más abajo… Pasa… pasa…
Tom echó una mirada por encima del hombro, y dijo:
—Demasiado tarde… Ha desaparecido de la vista.
—SÃ, se ha ido, muchacho, y tendrás que entrar y comer con nosotros. Después engancharemos y te acompañaremos a casa de Nichols.