Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Oh, no puedo causarles tanta molestia. De ningún modo. Iré a pie. No me importa la distancia.
—Pero nosotros no te dejaremos ir a pie… SerÃa contrario a las hospitalarias costumbres del Sur. Entra.
—SÃ, por favor —dijo tÃa Sally—; no es molestia alguna para nosotros… en absoluto. Tienes que quedarte. Hay tres millas largas de mucho polvo y no podemos dejarte ir a pie. Y además, ya les dije que pusieran otro plato cuando te vi venir, de modo que no debes darnos chasco. Pasa y haz como si estuvieras en tu propia casa.
De modo que Tom les dio las gracias de una manera cordial y magnÃfica, se dejó convencer y entró. Y cuando estuvo dentro dijo que era un forastero de Hicksville, Ohio, y que se llamaba William Thompson… e hizo otra reverencia.
Bueno, pues siguió hablando y hablando, inventando cosas de Hicksville y de cuantas personas de Hicksville pudo imaginar. Yo empezaba a ponerme cada vez más nervioso, preguntándome cómo podÃa aquello sacarme de apuros. Por fin, sin dejar de hablar, alargó el cuello y besó a tÃa Sally de lleno en la boca y después se arrellanó cómodamente en su asiento, para seguir hablando. Pero ella se puso en pie de un brinco y se limpió los labios con el dorso de la mano y dijo:
—¡Vaya criatura impertinente!