Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Lo siento, y no me esperaba eso. Me dijeron que lo hiciera. Todos me lo dijeron. Todos decÃan que la besara, y aseguraban que le gustarÃa. Lo dijeron todos… desde el primero hasta el último. Pero lo siento, señora, y no volveré a hacerlo… De verdad que no.
—Que no, ¿eh? ¡Ya lo creo que no! ¡Pues no faltarÃa más!
—No señora; lo digo en serio. No volveré a hacerlo. Hasta que usted me lo pida.
—¡Hasta que yo te lo pida! ¡En mi vida he visto frescura igual! Apuesto a que serás el matusalén de los bodoques del mundo antes de que yo te lo pida… a ti, a los que sean como tú.
—La verdad —dijo él—, estoy muy sorprendido. No acabo de comprenderlo. Dijeron que le gustarÃa y yo creà que le gustarÃa. Pero…
Se interrumpió y miró lentamente a su alrededor, como si buscara por alguna parte una mirada amiga, y acabó fijando sus ojos en los del anciano, y dijo:
—¿No creÃa usted que le gustarÃa que la besase, caballero?
—Pues… no, yo… yo… Pues no, me parece que no.
Después volvió la cabeza y me miró de la misma manera a mÃ, y dijo:
—Tom, ¿no creÃas tú que tÃa Sally abrirÃa los brazos y dirÃa: «Sid Sawyer…»?