Las aventuras de Huckleberry Finn

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—¡Santo Dios! —exclamó ella, interrumpiéndole y brincando hacia él—. ¡Mira que engañarle a una de esa manera, so bribón!

E iba a darle un abrazo, pero él la rechazó, diciendo:

—No, hasta que me lo hayas pedido tú, no.

De modo que ella no perdió el tiempo y se lo pidió. Y le abrazó y lo besó, volvió a besarlo muchas veces, y después se lo pasó al viejo, que aprovechó lo que quedaba. Y cuando se hubieron serenado un poco otra vez, dijo ella:

—¡Señor, Señor! ¡En mi vida me he llevado una sorpresa igual! No te esperábamos a ti, sino solo a Tom. Mi hermana no me escribió que viniera nadie más que él.

—Fue porque no había la intención de que viniera ninguno más que Tom; pero yo supliqué y porfié y, a última hora, me dejó venir también a mí. De modo que, al bajar por el río, Tom y yo pensamos que sería una sorpresa de primera que él llegase aquí solo y que más tarde yo me dejara caer por aquí fingiendo que era un forastero. Pero fue una equivocación, tía Sally. No es este un sitio saludable para forasteros.


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