Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —No…, no para crÃos impertinentes, Sid. Te merecÃas el gran sopapo; no me habÃa disgustado tanto desde Dios sabe cuándo… Pero me es igual, no me importan las condiciones… EstarÃa dispuesta a soportar mil bromas como esa por tenerte aquÃ. ¡Hay que ver! ¡Cuando me acuerdo…! No lo niego, me he quedado petrificada cuando me has dado ese beso.
Comimos en el ancho corredor, entre la casa y la cocina. Y en la mesa habÃa cosas suficientes para siete familias… y, además, todas calientes, nada de carne fofa y dura que se ha pasado toda la noche dentro de la alacena en un sótano húmedo y que a la mañana siguiente sabe a canÃbal frÃo. TÃo Silas bendijo la mesa con una oración bastante larga, pero merecÃa la pena. Y no se enfrió nada la comida, por añadidura, como he visto que hacen esa clase de interrupciones muchas veces.
Estuvimos charlando durante toda la tarde, y Tom y yo no dejamos de aguzar el oÃdo un instante, pero fue inútil: no se dijo una palabra de ningún negro fugitivo y nosotros tenÃamos miedo de intentar llevar la conversación en ese sentido. Sin embargo, aquella noche, a la hora de cenar, uno de los niños dijo:
—Papá, ¿no podemos ir a la función Tom, Sid y yo?