Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—No…, no para críos impertinentes, Sid. Te merecías el gran sopapo; no me había disgustado tanto desde Dios sabe cuándo… Pero me es igual, no me importan las condiciones… Estaría dispuesta a soportar mil bromas como esa por tenerte aquí. ¡Hay que ver! ¡Cuando me acuerdo…! No lo niego, me he quedado petrificada cuando me has dado ese beso.

Comimos en el ancho corredor, entre la casa y la cocina. Y en la mesa había cosas suficientes para siete familias… y, además, todas calientes, nada de carne fofa y dura que se ha pasado toda la noche dentro de la alacena en un sótano húmedo y que a la mañana siguiente sabe a caníbal frío. Tío Silas bendijo la mesa con una oración bastante larga, pero merecía la pena. Y no se enfrió nada la comida, por añadidura, como he visto que hacen esa clase de interrupciones muchas veces.

Estuvimos charlando durante toda la tarde, y Tom y yo no dejamos de aguzar el oído un instante, pero fue inútil: no se dijo una palabra de ningún negro fugitivo y nosotros teníamos miedo de intentar llevar la conversación en ese sentido. Sin embargo, aquella noche, a la hora de cenar, uno de los niños dijo:

—Papá, ¿no podemos ir a la función Tom, Sid y yo?


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker