Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn No es ahora el momento de explicar en qué consistía, porque estaba convencido de que no se conservaría el mismo mucho rato. Sabía que le añadiría modificaciones a medida que lo fuéramos desarrollando y que cada vez que tuviera ocasión le pondría más emociones. Y, en efecto, lo hizo así.
Bueno, había una cosa completamente cierta: que Tom Sawyer hablaba en serio y que, realmente, estaba dispuesto a ayudar a librar de la esclavitud al negro. Eso era lo que yo no podía acabar de comprender. He aquí un muchacho decente y bien criado, que tenía nombre que perder y familia de nombre; y era listo y nada tenía de tonto; sabio y no ignorante; bondadoso y no ruin; y, sin embargo, hele aquí con tan poco orgullo, con tan poca rectitud, con tan poco sentimiento, que se rebajaba hasta el punto de tomar parte en aquel asunto, para vergüenza de toda su familia ante los ojos del mundo entero. Yo no podía comprenderlo en absoluto.
Era terrible y comprendí que así debía decírselo y portarme de ese modo como un amigo de verdad y conseguir que abandonara el asunto y se salvara. Y sí empecé a decírselo, pero me cerró la boca, y dijo:
—¿Crees tú que no sé lo que me hago? ¿No acostumbro a saber generalmente lo que me hago?
—Sí.
—¿No dije que iba a ayudar a robar a ese negro?
—Sí.