Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Pues ya estamos al cabo de la calle.

Eso fue cuanto dijo, y eso fue cuanto dije yo. Era inĂștil decir nada mĂĄs. Porque cuando Ă©l decĂ­a que iba a hacer una cosa, la hacĂ­a siempre. Pero yo no comprendĂ­a por quĂ© estaba dispuesto a meterse en el asunto; de modo que acabĂ© por dejarlo y no volvĂ­ a preocuparme de ello. Si se empeñaba en que fuera asĂ­, yo no podĂ­a impedirlo.

Cuando llegamos a casa, todo el edificio estaba a oscuras y en silencio, de modo que nos encaminamos hacia la choza, junto a la tolva, para examinarla. Cruzamos el patio para ver qué harían los perros. Nos conocían y no hicieron mås ruido del que siempre hacen los perros del campo cuando oyen que alguien pasa de noche.

Cuando llegamos a la choza echamos una ojeada a la parte delantera y a los lados. Y por el lado que yo no conocĂ­a, que era el lado norte, encontramos el hueco de una ventana cuadrada, bastante alta, que solo estaba cerrada con una gruesa tabla clavada. Dije:

—Esto es lo que necesitamos. El agujero ese es lo bastante grande para que pueda salir Jim por Ă©l si arrancamos la tabla.

Tom dijo:

—Es tan sencillo como faltar a la escuela o jugar al tres en raya. Poco valdremos si no sabemos dar con un medio algo más complicado que ese, Huck Finn.


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