Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Bueno, pues entonces —dije—, ¿qué te parece si aserráramos la madera para sacarle, como hice yo antes de que me asesinaran?

—Eso está algo mejor —contestó—. Es misterioso y molesto, y bueno. Pero apuesto a que podremos encontrar un medio dos veces más largo. No hay prisa, sigamos mirando a nuestro alrededor.

Entre la cabaña y la valla, por la parte posterior, había una especie de cobertizo pegado a la cabaña por el alero. Estaba hecho de tablones. Tenía la misma longitud que la choza, pero era más estrecho, no más de seis pies de anchura. La puerta estaba por el lado sur y cerrada con candado. Tom se acercó al brasero que servía para alzar la tapadera. Con él arrancó una de las armellas.

Cayó la cadena y abrimos la puerta; entramos, la cerramos, encendimos una cerilla y vimos que el cobertizo estaba construido contra la choza, pero sin tener comunicación con ella. En el suelo no había nada más que unas azadas gastadas y oxidadas, y palas, y picos, y un arado estropeado. La cerilla se apagó y salimos, volvimos a clavar la armella y la puerta quedó tan cerrada como antes. Tom estaba contentísimo.

—Ahora va bien —dijo—. Le sacaremos cavando. ¡Necesitaremos alrededor de una semana!


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