Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Nos dirigimos a la casa y yo entré por la puerta de atrás —solo hay que tirar de un cordón de cuero que levanta el picaporte; nunca cierran las puertas con llave o cerrojos—, pero eso no le parecía lo bastante romántico a Tom Sawyer. Solo le parecía bien encaramarse por el pararrayos.

Sin embargo, después de haber llegado a mitad de camino tres veces, y fracasado, y caído todas ellas, estando a punto de descalabrarse la última, creyó que no tendría más remedio que darse por vencido. No obstante, después de descansar un rato, dijo que probaría suerte una vez más, y aquella vez logró llegar hasta el final.

Por la mañana nos levantamos a punta de día y nos dirigimos a las cabañas de los negros para acariciar a los perros y ganarnos la amistad del negro que se cuidaba de Jim, si es que era Jim el que estaba encerrado. En aquel momento los negros acababan su desayuno y empezaban a marcharse al campo. Y el negro de Jim estaba llenando un cacharro de pan, carne y cosas. Y mientras los otros se marchaban, llegó la llave de la casa.




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