Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Aquel negro tenÃa cara de buena persona y llevaba todo el pelo atado en manojitos con hilos. Eso era para ahuyentar a las brujas. Dijo que las brujas no le dejaban vivir aquellas noches, haciéndole ver toda clase de cosas raras y oÃr toda clase de ruidos y palabras extrañas, y que no creÃa haber estado nunca tan embrujado en su vida. Se puso tan excitado y a darnos la matraca de todos sus males, que se olvidó por completo de lo que se habÃa estado preparando para hacer. De modo que Tom dijo:
—¿Para quién es esa comida? ¿Vas a dar de comer a los perros?
El negro empezó a sonreÃr y la sonrisa se fue extendiendo grandemente por toda su cara, como cuando uno tira una piedra en un charco de agua. Y dijo:
—SÃ, amo Sid, a un perro. Un perro curioso, además. ¿Quiere usted ir a verle?
—SÃ.
Le di un codazo a Tom y le susurré:
—¿Vas a ir ahora, de madrugada? Ese no era el plan.
—No, no era el plan. Pero lo es ahora.
De modo que, maldita sea su estampa, fuimos; pero a mà no me hacÃa ninguna gracia. Cuando entramos, apenas pudimos ver nada, tan oscuro estaba allà dentro; pero allà estaba Jim, en efecto, y podÃa vernos, y gritó: