Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—No, señor —contestó Jim—. Yo no he dicho nada, señor.

—¿Ni una palabra?

—No, señor, no he dicho una palabra.

—¿Nos has visto alguna vez antes?

—No, señor, que yo sepa, no.

Y Tom se volvió hacia el negro, que parecía enajenado y lleno de angustia, y dijo, con cierta severidad:

—Pero ¿qué demonios te pasa? ¿Qué te ha hecho creer que había hablado alguien?

—Oh, son las malditas brujas, amito, y quisiera estar muerto, vaya si quisiera. Siempre andan así y casi me matan de tanto como me asustan. Tenga la bondad de no decirle una palabra a nadie, señorito, o me reñirá el amo Silas, porque él asegura que no hay brujas. ¡Ojalá estuviese él aquí ahora! ¿Qué diría, entonces? Apuesto a que no encontraría manera de salirse de ello esta vez. Pero siempre pasa igual. La gente que es cerril, sigue siendo cerril. No quieren investigar nada y descubrir las cosas por sí mismas, y cuando uno las descubre y se lo dice, no quieren creerle.

Tom le dio diez centavos y dijo que no se lo diría a nadie. Y le aconsejó que comprara más hilo para atarse el pelo. Después miró a Jim y dijo:

—¿Irá tío Silas a ahorcar a este negro? Si yo atrapara a un negro que hubiese sido lo bastante desagradecido para huir, yo no le entregaría: le ahorcaría.


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