Las aventuras de Huckleberry Finn

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Y así quedó la cosa, aunque yo no vi ninguna ventaja en representar a un prisionero si tenía que ponerme a estudiar una serie de diferencias poco menos que invisibles cada vez que se me presentara la ocasión de hacerme con una sandía.

Bueno, pues, como decía, aquella mañana esperamos a que todo el mundo se hubiera puesto a trabajar y no se viese un alma por el patio. Después Tom cargó con el saco hasta el cobertizo mientras yo me quedaba a poca distancia, vigilando. Por fin salió y nos sentamos en la tinada a charlar. Dijo:

—Todo está arreglado ahora, menos lo de las herramientas, y eso se resuelve enseguida.

—¿Herramientas?

—Sí.

—Herramientas… ¿para qué?

—Pues para cavar. Supongo que no nos pondremos a hacer el agujero con los dientes, ¿verdad?

—¿No son bastante buenos esos picos estropeados y todo eso de ahí dentro para sacar a un negro? —dije.

Se volvió a mirarme y lo hizo lo bastante compasivamente para hacer llorar a cualquiera, y dijo:


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