Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—He mirado por arriba, y por abajo, y no acabo de entender qué se hizo de tu otra camisa.

El corazón me dio un vuelco y empezó a hundírseme entre pulmones, hígado y demás. Quiso imitarle una corteza de pan, deslizándose garganta abajo, pero en pleno camino se tropezó con un golpe de tos y volvió a salir disparada, dándole de lleno en un ojo a uno de los críos y haciéndole enroscarse como un gusano. Soltó un chillido como un grito de guerra.

Tom cambió un poco de color y la situación se puso tan pésima durante un cuarto de minuto o así que de encontrar quien la comprara, hubiera vendido mi parte en el asunto a mitad de precio. Pero, transcurrido ese tiempo, nos sentimos bien otra vez. Es que durante un rato nos quedamos patitiesos de sorpresa. Tío Silas había dicho:

—Es muy extraño. No lo comprendo. Tengo la completa seguridad de habérmela quitado, porque…

—Porque no tienes más que una puesta. ¡Qué hombre! Yo sé que te la quitaste y lo sé por una razón mucho más firme que tu distraída memoria. Ayer estaba en el tendedero y la vi con mis propios ojos. Pero ha desaparecido, esa es la verdad, y no tendrás más remedio que ponerte una de franela encarnada hasta que tenga tiempo de hacerte otra.


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