Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Y de esta manera nos hicimos con la cuchara y se la dejamos caer en el bolsillo del delantal mientras recibíamos la orden de irnos con viento fresco, y antes del mediodía Jim la tuvo perfectamente, junto con el abismal. El resultado nos dejó bastante satisfechos y Tom dijo que había valido la pena aunque nos hubiese costado dos veces más trabajo del que costó; porque dijo que, ahora, ya no podría contar bien las cucharas dos veces seguidas aunque en ello le fuera la vida. Y cuando le saliera la cuenta también se creería que las había contado mal. Y dijo que, después de quedarse mareada de tanto contar los tres días siguientes, calculaba que se daría por vencida y echaría de casa a quien le pidiese que las volviera a contar.
Aquella noche volvimos a colgar la sábana en el tendedero, y robamos otra del armario. Y nos pasamos un par de días restituyendo una y robando la otra, hasta que ya no supo cuántas sábanas tenía y dijo que le tenía sin cuidado, que no quería darse más mala sangre por eso, y que ni aun por salvar la vida volvería a contarlas; preferiría morir antes que eso.
De modo que ya estaba todo arreglado por lo que respecta a la camisa, la sábana, la cuchara y las velas, gracias a la ternera, a las ratas, y al lío que se había armado al contar. Por lo que se refiere a la palmatoria, no tenía importancia; ya pasaría con el tiempo.