Las aventuras de Huckleberry Finn

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Pero no la necesitábamos. Lo único que necesitábamos era la cantidad de cuerda suficiente para un pastel, de modo que tiramos la que no nos hacía falta. No guisamos ninguno de los pasteles en la jofaina, por miedo a fundir la soldadura; pero tío Silas tenía un magnífico calentador de latón con un mango muy largo de madera que tenía en gran estima, porque había pertenecido a uno de sus antepasados que vino de Inglaterra con Guillermo el Conquistador en el Mayflower o en uno de esos barcos del tiempo de la nana, y lo tenía escondido en una buhardilla con otros chirimbolos y cosas de valor, no porque sirvieran para algo, porque para nada servían, sino porque eran reliquias.

Bueno, pues arramblamos con el calentador y nos lo llevamos al bosque, pero en los primeros pasteles nos falló porque no sabíamos usarlo; pero con el último dio un resultado magnífico. Lo forramos de masa, lo pusimos sobre las brasas, lo cargamos de cuerda de trapo, le pusimos una cubierta de masa, cerramos la tapa, le pusimos brasas encima, y nos quedamos a cinco pies de distancia, con el mango largo, frescos y cómodos y, al cabo de quince minutos, salió un pastel como la gloria.




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