Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pero la persona que lo comiese tendría que tener al lado un par de barriles de mondadientes porque, si esa cuerda de trapo no se le atascaba en los dientes, yo no sé lo que me digo. Y le daría un retortijón de tripas lo bastante grande para durarle hasta que le diera por volver a comer otro igual, por añadidura.
Nat no miró cuando pusimos el pastel en la cazuela de Jim, y metimos los tres platos de lata en el fondo de la cazuela, debajo de la comida. Y de esta manera, y sin inconveniente alguno, llegó todo a manos de Jim, quien, en cuanto estuvo solo, abrió el pastel y escondió la escalera de cuerda en el jergón de paja, y marcó el dorso de un plato con el abismal, y lo tiró por la ventana.