Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Bueno, eran bonitas, y rayadas, y ni un millón de ellas hacía daño; pero tía Sally eso no lo tenía en cuenta. Detestaba las serpientes, fueran de la raza que fuesen, y de ningún modo podía soportarlas. Y cada vez que se le caía alguna encima no importaba lo que estuviese haciendo: abandonaba en seco el trabajo y ponía pies en polvorosa. En mi vida he visto mujer igual.
Y sus gritos se oían hasta en Jericó. No había quien pudiera hacerle tocar una de ellas ni con pinzas. Y si al volverse se encontraba una en la cama, se levantaba de un brinco y pegaba un chillido que cualquiera creería que la casa estaba ardiendo. Turbaba de tal manera al anciano que este dijo que casi hubiera deseado que las culebras no se hubieran creado.
¡Si cuando ya hacía una semana que había desaparecido de casa la última serpiente aún no se había repuesto tía Sally! Ni con mucho. Cuando estaba sentada y pensaba en algo, uno no tenía más que tocarla con una pluma en la nuca para que diera un brinco fantástico. Pero Tom dijo que todas las mujeres eran así, y que estaban hechas de esa manera, Dios sabe por qué motivos.