Las aventuras de Huckleberry Finn

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Pero, como decía, ya teníamos hecho todo el trabajo, por fin, y todos estábamos bastante cansados por añadidura, y Jim sobre todo. Tío Silas había escrito un par de veces a la plantación de más abajo de Orleans, para que vinieran a recoger su negro fugitivo; no obteniendo contestación, sin embargo, porque la tal plantación no existía. De modo que decidió anunciar a Jim en los periódicos de San Luis y Nueva Orleans, y cuando habló de los de San Luis, sentí escalofríos y comprendí que no teníamos tiempo que perder. Y Tom dijo que había llegado el momento de los anónimos.

—¿Qué son anónimos? —pregunté.

—Avisos a la gente de que se trama algo. A veces se hace de una manera y a veces de otra. Pero no falta nunca el que está espiando por ahí y da el soplo al gobernador del castillo. Cuando Luis XVI iba a escaparse de las Tullerías, lo hizo una criada. Es un buen sistema, y las cartas anónimas también. Usaremos los dos. Y es corriente que la madre del prisionero cambie la ropa con él, y que se quede ella, y que él se fugue con su ropa. También haremos eso.

—Pero escucha, Tom, ¿para qué queremos avisar a nadie de que se trama algo? Que lo descubran solos, eso es cuenta suya.


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