Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Sí, ya lo sé, pero uno no puede fiarse de eso. Fíjate cómo han obrado desde el primer momento: han dejado que nosotros lo hagamos todo. Son tan confiados y tan obtusos que no se dan cuenta de nada. De modo que si no les avisamos nosotros no habrá nada ni nadie que estorbe nuestros planes y, después de todas las molestias y de lo mucho que hemos trabajado, esta huida se hará sin pena ni gloria… No valdrá nada…

—Mira, Tom, por lo que a mí respecta, eso es lo que me gustaría.

—¡Bah! —dijo.

Y puso cara de disgusto. De modo que dije:

—Pero no pienso andar con quejas. Lo que es bueno para ti, también lo es para mí. ¿Qué vas a hacer de la criada?

—Lo serás tú. Tú cuélate a medianoche y róbale el vestido a esa chica amarilla.

—Pero, Tom, a la mañana siguiente tendremos jarana, porque es probable que no tenga más vestido que ese.

—Ya lo sé, pero solamente lo necesitas durante un cuarto de hora para llevar el anónimo y echarlo por debajo de la puerta.

—Bueno, lo haré; pero también podría llevarlo con la ropa que tengo puesta.

—Entonces no parecerías una criada.


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