Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn A la noche siguiente pegamos a la puerta principal el dibujo que Tom había hecho con sangre, que figuraba una calavera y dos tibias cruzadas. Y a la otra, uno representando un ataúd en la puerta de atrás. Jamás vi tanto miedo en una familia. No hubieran podido asustarse más si la casa hubiese estado llena de fantasmas que les salieran de detrás de todo, y debajo de las camas, y poblaran el aire.
A la que una puerta golpeaba, tía Sally daba un brinco y decía «¡ay!»; si se caía algo, daba un brinco y decía «¡ay!», y si uno la tocaba cuando estaba distraída, hacía exactamente lo mismo. No estaba tranquila, se volviera hacia donde se volviese, porque se imaginaba que siempre tenía algo detrás de ella; así que no hacía más que volverse de repente y decir «¡ay!», y cuando aún no había dado las dos terceras partes de la vuelta, se volvía de pronto otra vez al punto de partida y lo decía de nuevo, y tenía miedo de acostarse, pero no se atrevía a pasar la noche en vela. De modo que la cosa marchaba sobre ruedas, según Tom; dijo que nunca había visto salir más satisfactoriamente una cosa. Dijo que eso demostraba que estaba bien hecha.
De modo que dijo: ¡ahora lo gordo! Y a la mañana siguiente, al rayar la aurora, preparamos otra carta y nos preguntamos qué debíamos hacer con ella, porque a la hora de cenar les habíamos oído decir que pondrían a un negro de guardia en cada puerta toda la noche.