Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —No he estado haciendo nada en absoluto, tÃa Sally; que me hunda si no es verdad.
Creà que ahora me dejarÃa marchar y, generalmente, solÃa hacerlo en un caso asÃ, pero supongo que estaban ocurriendo tantas cosas raras que le ponÃa nerviosa cualquier pequeñez que no estuviera rigurosamente en orden. De modo que dijo, muy seria:
—Tú vete a la sala y no te muevas de allà hasta que yo vuelva. Has estado haciendo algo que no debÃas hacer y apuesto a que sabré de qué se trata antes de que haya acabado contigo.
De modo que se fue cuando yo abrà la puerta y entré en la sala, y todo el mundo llevaba escopetas. Empecé a sentirme mal y me dirigà a una silla con el rabo entre las piernas y me senté. También estaban sentados todos ellos, hablando alguno en voz baja, y todos nerviosos e inquietos, pero haciendo como que no lo estaban. Sin embargo, yo comprendà que sà lo estaban, porque no hacÃan más que quitarse el sombrero y ponérselo, y rascarse la cabeza, y cambiar de asiento, y jugar con los botones de la chaqueta. Yo no estaba nada tranquilo, pero no me quité el sombrero a pesar de todo.