Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Estaba deseando que tía Sally volviera y acabara conmigo, y me diese unos coscorrones si quería, y me dejara largarme y decirle a Tom que habíamos llevado la cosa demasiado lejos y que era necesario que empezásemos a dejar de hacer el tonto y nos largáramos con Jim antes de que aquella gente acabase la paciencia y fuese a buscarnos.

Por fin volvió y empezó a coserme a preguntas, pero yo no podía contestarlas bien; no sabía si estaba de pies o de cabeza, porque aquellos hombres estaban ya tan impacientes, que algunos querían ir inmediatamente a prepararles una emboscada a los asesinos. Decían que faltaban ya muy pocos minutos para medianoche.

Otros trataban de contenerles y de hacerles esperar a que se oyera el balido de una oveja. Y tía Sally venga dale que te pego con las preguntas, y yo estaba temblando de pies a cabeza y a punto de caerme al suelo de tanto susto que tenía.

Además, la habitación se iba calentando más y más, y la manteca empezaba a derretirse y resbalarme por el cuello y por detrás de las orejas. Y cuando, al poco rato, uno de ellos dijo: «Yo soy partidario de que vayamos y entremos nosotros primero en la cabaña, y ahora mismo, y pillarles cuando lleguen», por poco me desmayé. Y un pringón de manteca me resbaló por la frente, y tía Sally, que lo vio, se puso más blanca que una sábana, y dijo:


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