Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —¡Dios Santo! ¿Qué le pasa a este chico? ¡Como hay Dios que tiene fiebre cerebral y se le están derritiendo los sesos!
Y todo el mundo corrió a ver, y ella me quitó el sombrero de un tirón, y salió el pan y lo que quedaba de mantequilla, y ella me cogió del brazo y dijo:
—¡Qué susto me he llevado! ¡Y cuánto me alegro y cuán agradecida estoy de que solo sea eso! Porque tenemos la suerte de espaldas y los males nunca vienen solos, y cuando vi eso creí que te habíamos perdido, porque lo conocí por el color y todo: era tal como tendrías los sesos si… ¡Señor, Señor! ¿Por qué no me dijiste que habías bajado al sótano por eso? A mí no me hubiera importado. Ahora, ¡lárgate a la cama y que yo no vuelva a verte hasta por la mañana!
En un segundo subí la escalera y en otro me deslicé por el pararrayos, y corrí en la oscuridad hacia el cobertizo. Apenas podía hablar, tan grande era mi ansiedad; pero le dije a Tom, tan aprisa como pude, que teníamos que salir volando, sin perder un instante… ¡La casa estaba llena de hombres con escopetas!
Se le iluminaron los ojos. Dijo:
—¿De veras? ¡Qué estupendo! Pero, Huck, si pudiera volver a hacerlo otra vez, ¡apuesto a que haría venir doscientos! Si pudiéramos aplazarlo hasta…
—¡Date prisa! ¡Date prisa! ¿Dónde está Jim?