Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Pues Sid y yo, y… y… y las escopetas. Eso es lo que quiero decir.
—¡Ah! —dijo.
Puso el pie en la borda y sacudió la embarcación, y meneó la cabeza, y dijo que mirarÃa por ahà a ver si encontraba una mayor. Pero todas estaban trabadas con cadena y candado, de modo que tomó mi canoa y me dijo que le esperara a que volviese o que yo me buscase otra embarcación, que tal vez serÃa mejor que me volviera a casa y les fuera preparando para la sorpresa, si querÃa. Pero yo dije que no. Le expliqué la manera de encontrar la balsa y se fue.
No tardé en tener una idea. Me dije: ¿y si no puede curar esa pierna en menos de un periquete, como se dice?… ¿Rondar por ahà hasta que se vaya de la lengua? No, señor. Ya sé lo que yo haré. Le esperaré y, cuando vuelva, si dice que tiene que volver allà también iré yo, asà tenga que ir a nado. Y le cogeremos y le ataremos, y nos quedaremos con él, y nos iremos navegando rÃo abajo. Y cuando Tom ya no lo necesite, le pagaremos lo que valga o todo lo que tengamos y después lo dejaremos desembarcar.