Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn De modo que entonces me metí entre un montón de maderas a dormir un rato. Y cuando me desperté, ¡brillaba el sol por encima de mi cabeza! Salí corriendo hacia la casa del médico, pero me dijeron que se había marchado aquella noche, no sabían a qué hora, y que aún no había regresado.
Bueno, pensé yo, mala señal es esa para Tom. Me iré a la isla corriendo. De modo que eché a correr y doblé la esquina, y ¡por poco embisto a tío Silas en el estómago! Dijo:
—¡Pero, Tom! ¿Dónde has estado todo este tiempo, perillán?
—Yo no he estado en ninguna parte —dije—; no hacía más que buscar al negro fugitivo… Sid y yo.
—Pero ¿dónde diablos os fuisteis? Vuestra tía está muy intranquila.
—Pues no había por qué estarlo, porque no nos pasaba nada. Seguimos a los hombres y a los perros, pero corrieron más que nosotros y los perdimos. Nos pareció oírles por el agua, cogimos una canoa y salimos tras ellos, y cruzamos, y no supimos dar con su rastro. De modo que remamos ribera arriba y nos dormimos, y no nos despertamos hasta hace cosa de una hora. Entonces remamos hacia aquí para ver qué noticias había, y Sid está en la estafeta de correos para ver qué pesca, y yo voy a buscar algo que comer para los dos y después nos vamos a casa.