Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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—Pues sí comadre Phelps, he registrado esa cabaña de cabo a rabo y me parece que el negro estaba loco. Así se lo dije a la comadre Damrell, ¿verdad, comadre Damrell? Decía, digo: está loco: esas mismas palabras dije. Ya me oísteis todos. Está tocado, decía. Todo lo demuestra, dije. Fijaos en la muela esa, decía. ¿Me diríais a mí que una persona que estuviera bien de la cabeza iba a rascar todas esas estupideces en una muela?, dije. Aquí tal y tal persona se partió el corazón. Y aquí, tal y cual fue tirando treinta y siete años y todo eso… hijo natural de Luis no-sé-quién y otras burradas por el estilo. Está loco de remate, dije. Es lo que decía primero, es lo que dije después, y es lo que digo al final y es lo que diré siempre… El negro está loco…, tan loco como Nabucodonosor, digo.

—Y fíjese en esa escalera hecha de trapos, comadre Hotchkiss —dijo la señora Damrell—, ¿qué cielos puede haber querido con…?

—Las mismísimas palabras que le estaba diciendo no hace más de un minuto a la comadre Utterback, y ella misma lo dirá. Dijo ella, digo: fíjese en esa escala de trapos, dijo. Y yo digo que dije: sí, fíjese, dije… ¿Para qué puede haberla querido?, dije. Y ella dijo, comadre Hotchkiss, dice…

—Pero ¿cómo diantre pudieron colar esa muela ahí dentro? ¿Y quién cavó ese hoyo? ¿Y quién…?


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