Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Mis propias palabras, compadre Penrod. Le estaba yo diciendo… (pase ese plato de melaza, ¿quiere?), le estaba yo diciendo a la comadre Dunlap ahora mismo: ¿cómo metieron esa muela ahà dentro?, dije. Sin ayuda, véanlo bien… ¡sin ayuda! Ahà está la cosa. A mà no me diga, dije. Hubo ayuda, dije. Y ayuda abundante, además, dije: ha habido una docena ayudando a ese negro y yo desollarÃa hasta el último negro de esta casa, pero sabrÃa quién lo habÃa hecho, dije.
—¿Una docena, dice?… ¡Ni cuarenta hubieran podido hacer todo lo que se ha hecho! FÃjense en esas sierras de cuchillo, y eso lo que habrá costado hacerlas; fÃjense en la pata de la cama, serrada con ellas, trabajo de una semana para seis hombres; fÃjense en ese negro hecho de paja sobre la cama; y fÃjense…
—¡Y bien que puede decirlo, compadre Hightower! Es exactamente lo que le estaba diciendo al compadre Phelps en persona. Me dijo, dice: ¿qué le parece a usted todo eso, comadre Hotchkiss?, dijo. ¿Que qué, hermano Phelps?, dije. De la pata de la cama serrada de esa manera, me dijo. ¿Opinar de ello?, dije. Dijo, digo: ella sola no se serró, dije… Alguien la serró, dije. Esa es mi opinión, le parezca bien o le parezca mal. Podrá no valer nada, dije; pero valga o no valga, esa es mi opinión, dije, y si alguien es capaz de dar una mejor, dije, que lo haga, dije, nada más. Le dije a la comadre Dunlap, dije…