Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Del costado del barco salió un chorro de humo blanco. Estaban disparando cañonazos por encima del agua para ver si hacían salir mi cadáver a la superficie.

Me apretaba el hambre, pero no me convenía encender fuego porque podrían ver el humo. Así que me quedé sentado mirando el humo del cañón y oyendo los disparos. El río tenía en aquel lugar una milla de anchura y siempre está muy bonito en una mañana de verano; por eso lo estaba pasando bastante bien viéndoles buscar mis restos; solo que hubiera querido tener algo que comer.

Bueno, pues de pronto me acordé de que siempre ponen azogues en panes y los echan al agua, porque flotan hasta donde está el cadáver de un ahogado y no se mueven de allí. Entonces pensé: «Estaré vigilante, y si algún pan baja flotando, daré buena cuenta de él». Me pasé a la orilla de Illinois para tentar la suerte y no salí decepcionado.

Un pan grande, doble, bajó flotando, y casi lo alcancé con un palo largo, pero me resbaló un pie y el pan se alejó. Claro está, me había colocado donde la corriente pasaba más cerca de la costa; sabía lo bastante para eso. Y al poco rato bajó otro pan y esta vez lo atrapé. Le quité el tapón que le habían puesto, lo sacudí para sacar el poco de azogue que había dentro del pan y le hinqué el diente. Era pan de panadero —del que come la gente de postín—, nada de pan vulgar de maíz.


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