Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Miren con atención. Por aquà es por donde la corriente se acerca más a la orilla y tal vez le haya arrastrado contra la costa y esté enredado en la maleza de la ribera. Al menos asà lo espero.
Yo no lo esperaba asÃ. Todos se agruparon en la borda y se quedaron quietos, mirando con toda su alma. Yo les veÃa perfectamente, pero ellos no podÃan verme a mÃ. De pronto el capitán gritó:
—¡Apártense todos!
Y el cañón soltó tal disparo delante de mà que me ensordeció con su ruido y casi me cegó con el humo y creà llegada mi última hora. De haberlo cargado con bala, me parece que hubieran encontrado el cadáver que buscaban. Bueno, pues vi que estaba ileso, gracias a Dios.
El barco siguió a la deriva y desapareció de la vista tras un saliente de la isla. De vez en cuando oÃa los disparos cada vez más lejanos y, al cabo de una hora, dejé de oÃrlos. La isla tenÃa tres millas de largo. Supuse que habrÃan llegado al extremo y que se habrÃan dado por vencidos. Pero no lo hicieron tan pronto. Dieron la vuelta por el otro extremo de la isla y regresaron por el lado de Missouri, con la máquina en marcha, y disparando de vez en cuando.