Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Pasé a ese lado para verles. Cuando llegaron a la altura del otro extremo, dejaron de disparar y se dirigieron a la orilla de Missouri, donde desembarcaron y se fueron a casa.
Comprendí que ya no corría peligro. Ya no me buscaría nadie más. Saqué mis cosas de la canoa y acampé en la parte más espesa del bosque. Con mis mantas hice una especie de tienda de campaña para meter las cosas debajo a fin de que no las alcanzara la lluvia. Pesqué un barbo y lo abrí con la sierra y, cuando el sol se ponía, encendí fuego y cené. Luego coloqué un aparejo para pescar algo con que desayunar.
Cuando oscureció, me senté junto al fuego fumando y sintiéndome bastante satisfecho; pero, al poco rato, me sentí bastante solo, de modo que me fui a la orilla a escuchar el rumor de la corriente al pasar y conté las estrellas y los troncos a la deriva y las balsas que bajaban. Y luego me acosté. No hay mejor manera de pasar el tiempo cuando se encuentra uno solo; no puede uno seguir así, pronto se le pasa.
Así pasaron tres días con sus noches. Sin ninguna diferencia, siempre lo mismo. Pero al día siguiente salí a explorar la isla. Yo era su dueño; me pertenecía toda, como quien dice, y quería conocerla bien; pero, principalmente, lo que quería era matar el tiempo.