Las aventuras de Huckleberry Finn

Las aventuras de Huckleberry Finn

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Encontré fresas abundantes, maduras y en su punto. Y uvas verdes de verano, y frambuesas verdes, y empezaban a salir las moras verdes. Con el tiempo, todas ellas me irían muy bien, pensé.

Bueno, pues anduve vagando por el centro del bosque hasta que calculé que no me encontraba lejos del pie de la isla. Llevaba la escopeta, pero no había matado nada. Era como medida de protección; pensaba matar alguna pieza más cerca del campamento. Por entonces, por poco piso una culebra bastante grande, que huyó deslizándose por entre la hierba y las flores, y corrí en su seguimiento, intentando ponerme a tiro para disparar.

Seguí adelante y, de pronto, salté de lleno encima de las cenizas de un fuego que aún humeaba.

El corazón me dio un vuelco. No me paré a mirar, desmartillé la escopeta y volví sobre mis pasos, de puntillas, tan deprisa como pude. De vez en cuando me paraba entre las hojas y escuchaba; pero jadeaba tanto que me era imposible oír otra cosa que mi aliento. Recorrí otro trecho y volví a escuchar. Y así sucesivamente.

Si veía un tocón, me parecía un hombre; si pisaba un palo y lo rompía, me sentía igual que si alguien me hubiera cortado en dos el aliento y me hubiese quedado yo con la mitad más corta, por añadidura.


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