Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn Cuando llegué al campamento, no me sentía muy valiente, tenía más tripas que corazón. Pero me dije: no es este el momento para andar perdiendo tiempo… De modo que metí todas mis cosas en la canoa para quitarlas de la vista y apagué el fuego y dispersé las cenizas, de manera que pareciese un campamento del año anterior, y luego me encaramé a un árbol.
Calculé que estuve en el árbol dos horas; pero no vi nada. No oí nada, solo creí oír y ver tanto como mil cosas. Bueno, pero no podía quedarme allí arriba siempre, de modo que me decidí a bajar por fin; pero seguí en el centro del bosque y siempre alerta. Lo único que pude conseguir para calmar el hambre fueron fresas y las sobras del desayuno.
Pero, cuando anocheció, el hambre me atormentaba. Así pues, una vez se hizo bien de noche, desatraqué de la orilla antes de que saliera la luna y remé hasta la ribera de Illinois, cosa de un cuarto de milla. Me metí en el bosque, me guisé una cena y, casi había decidido ya pasar allí la noche, cuando oí clápiti-clap, clápiti-clap y me dije: ahí vienen caballos. Después oí voces.
Lo metí todo en la canoa lo más aprisa que pude y luego me arrastré por el bosque para ver qué podía averiguar. No había ido muy lejos cuando oí decir a un hombre: