Las aventuras de Huckleberry Finn
Las aventuras de Huckleberry Finn —Más vale que acampemos aquà si encontramos un buen sitio. Los caballos están poco menos que agotados. Echemos una mirada por los alrededores.
No esperé. Aparté la canoa y me alejé, remando con cuidado. Atraqué en el sitio de donde habÃa salido y decidà dormir en la embarcación.
No dormà mucho. No pude, de tanto que pensaba. Y cada vez que me despertaba creÃa que alguien me tenÃa cogido por el cuello. Por eso el sueño me sirvió de poco. Al fin me dije: «No puedo vivir asÃ. He de saber quién hay aquÃ, en la isla, conmigo. O lo averiguo o reviento». Bueno, pues enseguida me sentà mejor.
Asà pues, tomé el canalete y me aparté un poco de tierra y luego dejé que la corriente arrastrara la canoa entre las sombras, casi parecÃa de dÃa. Floté cerca de una hora; todo estaba tan silencioso como las rocas y profundamente dormido. HabÃa llegado ya casi al otro extremo de la isla.
Empezó a soplar una brisita fresca, que era como si dijéramos que la noche casi habÃa pasado. Di unos golpes con el canalete y me acerqué a tierra. Tomé la escopeta luego y me aproximé a la orilla del bosque. Allà me senté encima de un tronco y atisbé por entre las hojas.